¿Cuáles fueron los principales períodos del Porfiriato y cuáles fueron sus características?
CONCLUSIONES:
La máquina política
El régimen porfiriano contó con un
complejo sistema de relaciones que le permitió ejercer un control político
impresionante. Surgió una “cadena
de mando” cuyos principales eslabones eran Díaz y su gabinete, los jefes de
zona miliar, los gobernadores y los jefes políticos (MÁQUINA PORFIRIANA).
El jefe político era la autoridad de un
cantón o distrito –división administrativa al interior de los estados y por
encima de los municipio- y era el representante de la autoridad federal en los
territorios de B.C., Tepic y Quintana Roo. En principio, mediaban los
conflictos locales y cumplía funciones de enlace entre los ayuntamientos y la
autoridad superior. Pero a principios de 1890 el jefe político pasó a ser un funcionario
dependiente del ejecutivo estatal prácticamente en todo el país. (Coahuila logró resistir un
tiempo a esta figura).
El
jefe político y los otros eslabones de la cadena de mando porfiriana tenían
funciones perfectamente reglamentadas. Sin embargo, la máquina porfiriana contaba también con sus “mecanismos ocultos”. Las
relaciones de protección y dependencia, de parentesco y de amistad. El
cacique fue incorporado al régimen. Su poder político fue combatido sólo en la
medida en que representaba un freno a la autoridad nacional, y fue recompensado
con una licencia para enriquecerse sin límites. La figura paternal y conciliadora del cacique fue emulada
por Díaz.
Los hombres del régimen
Pocos de los que llegaron al poder con
el Plan de Tuxtepec acompañaron a Díaz hasta el final del régimen. García de la Cadena, Naranjo y Jerónimo
Treviño fueron neutralizados; intelectuales como Benítez y Perez de Tagle se
retiraron; Ignacio Vallarta, Carlos Pacheco y Manuel González murieron. Al
abrirse el nuevo siglo, los únicos viejos compañeros de armas de Díaz fueron
Pedro Hinojosa, Francisco Zena, Francisco Cañedo, Martín González y Luis
Erneterio Torres.
En contraste, la trayectoria de los
políticos llegados tiempo después del triunfo de Tuxtepec dejó una huella
mayor. De los personajes que Díaz
recuperó de la oposición liberal destacan Ignacio Mariscal, Manuel Gonzáles Cosío,
Joaquín Baranda y Felipe Berriozábal, Bernardo Reyes, Manuel Romero Rubio (que
a su fallecimiento en 1895, dejó encaminada a un grupo de jóvenes prometedores,
los llamados “científicos”).
Romero Rubio y los “científicos”
Manuel Romero Rubio fue un personaje
fuerte como partidario de
Lerdo y también después durante el gobierno de Díaz. Casó a su hija con el presidente Díaz y
busco sucederlo en el poder. Como pocos, vio con claridad el potencial de una nueva generación de
profesionistas que
se asomaba a la vida política. En atención a esta nueva demanda y para
ganar fuerzas al interior del aparato político, Romero Rubio, reunió en torno
suyo a jóvenes destacados y les abrió camino.
Fueron los CIENTÍFICOS. Los personajes más importantes de este grupo
fueron José Yves Limantour,
Joaquín Casasus, Pablo y Miguel Macedo, Rosendo Pineda, Justo Sierra y
Francisco Bulnes (todos
compartieron una visión elitista de poder).
Este grupo pugnó por un Estado central fuerte. Un aparato
político recio y autoritario, capaz de encauzar el desarrollo económico de
México. El cumplimiento de estas premisas permitiría alcanzar en el futuro una
vida política plena, democrática; mientras tanto, el país debía ser gobernado
por una elite docta. Desde luego, ellos creían formar parte de esa
minoría. De acuerdo con una ideología en boga de la época –la positivista-,
pensaban que la sociedad estaba regida por los dictados invariables de la naturaleza y que sólo el
dominio de la ciencia permitiría conocer esas leyes y encaminar el desarrollo
social.
Los “científicos” se presentaron como grupo en la
coyuntura de la tercera reelección de
Días. En lo individual se habían incorporado a la vida política desde
1880. Pero no fue hasta 1892
cuando se dieron a la tarea de impulsar una organización de carácter permanente. Entonces formaron la Unión Liberal.
Su propuesta fue la
despersonalización del régimen y su programa incluyó la creación de la
vicepresidencia y la inamovilidad de los jueces. Su incapacidad para concertar acuerdos con
otras fuerzas y la oposición
del propio Díaz los
llevó al fracaso.
Bernardo Reyes: el militar “populista”
Bernardo Reyes pertenecía a la misma
generación que los “científicos”, sólo que se inició en la vida política mucho
antes que ellos. Cuando Díaz se levantó con el Plan de Tuxtepec, Reyes ya era Coronel. Entonces
tomó el partido de Iglesias, pero pronto se integró a las filas porfiristas.
Además de jefe de zona
militar del noroeste, Reyes fue gobernador de Nuevo León por casi 20
años. Logró una transformación de Monterrey. A la par promovió una legislación laboral y
creó milicias municipales
bajo la dirección de las clases medias.
Reyes era un mandatario autoritario y progresista, pero su política de protección al trabajador
era distintiva, la cual le daba un carácter populista. Tenía poco aprecio por la democracia y recurría con facilidad a
la represión, pero creía que las fuerzas armadas debían ser algo más que
una mano dura para poner orden. Podían convertirse en un espacio de
participación cívica y política.
Díaz llamó Reyes a su gabinete en 1900. Desde la Secretaría de Guerra éste
intentó modernizar
a las fuerzas armadas y demostrar la validez de su propuesta (creó la Segunda Reserva del
Ejército). La
magnitud de este movimiento asustó a los grupos políticos que
rivalizaban con Reyes y al
propio Díaz. La Segunda Reserva fue disuelta y Reyes enviado de vuelta a
Nuevo León en 1902.
Un tercero incómodo: Baranda-Dehesa
Las facciones políticas más poderosas del segundo
Porfiriato fueron la “científica” y la reyista, pero no eran las únicas. Había
intereses regionales que no se sentían representados por ninguna de las dos.
Era el caso de grupos
medios del litoral del golfo de México, que se identificaban mejor con Joaquín Baranda.
Antiguo gobernador de Campeche, este ex lerditas tenía fuertes vínculos
en la región.
Dehesa pertenecía a la misma generación
de los “científicos” y de Reyes. Se entendió mejor con Joaquín Baranda y su
grupo, quienes representaban
más bien a la vieja tradición de liberales
Un intento fallido de concertación
Ninguna de las principales fuerzas políticas del régimen logró avanzar hacia nuevas
formas de organización. Fracasaron tanto la Unión Liberal como la Segunda Reserva de Reyes;
por su parte, el grup de Baranda
no alcanzó siquiera a formular una propuesta organizativa. Cada grupo
tenía una cuota de poder y existía un equilibrio. Sin embargo, el equilibrio
comenzó a quebrarse con el nuevo siglo.
Desde 1898, Díaz había comenzado a buscar un arreglo entre las dos
fuerzas más pujantes. Su
plan era que Limantour ocupara la presidencia apoyado por Reyes (se aceptó el
acuerdo): Pero el idilio duró poco. Por un lado, Joaquín Baranda se
opuso. Por otro lado, tampoco los reyistas aceptaban un según lugar. Díaz hecho su plan para atrás,
alejó a Reyes y, poco a poco, fue permitiendo que los “científicos”
acrecentaran sus oposiciones. El equilibrio se había roto.
Oposición política y resistencia popular
La política porfirista estuvo dirigida por las elites y
orientada a su propio beneficio. El proyecto de desarrollo de Díaz y sus
hombres favorecía ante
todo a los inversionistas. De igual manera, el régimen dejó a disposición de los empresarios
una mano de obra barata y bien controlada. En un principio el progreso económico abrió
también oportunidades de movilidad social. Con todo, para finales del
régimen estos grupos resintieron una estructura política rígida que limitaba
sus oportunidades. Para colmo, desde 1907 y 1908 su situación se agravó por una fuerte crisis económica.
Oposición liberal y católica
Durante sus primeros años, el gobierno
porfirista practicó con éxito una política de conciliación. Sin embargo, no
todos los críticos del gobierno aceptaron los nuevos arreglos. Se mantuvieron en su contra algunos liberales
defensores de los principios constitucionales y también los católicos
intransigentes.
Los primeros reprobaban a un régimen antidemocrático y
permisivo con la Iglesia. Los inconformes se agruparon en torno al
periódico “El Monitor
Repúblicano”, el cual desapareció en 1896. En cualquier caso, el credo
se mantuvo latente y resurgió con el Partido Liberal Mexicano (liderado por los
Flores Magón).
Los segundos, se negaban a aceptar un Estado secular.
Se hicieron oír a través de publicaciones periódicas como “La voz de México”, “El tiempo” y
“El País”.
El descontento popular
Los sectores más desprotegidos de la
sociedad dieron sus propias batallas y lo hicieron desde el primer hasta el último
día del régimen. La resistencia popular se manifestó mediante huelgas, toma de alcaldías, resistencia
al pago de impuestos, demostraciones callejeras de motines y
levantamientos armados. Se dieron rebeliones en Coahuila, Guerrero, Chihuahua, Estado de México,
Tamaulipas y Veracruz.
Las comunidades indígenas de algunas
zonas del país sintieron con particular crudeza las políticas porfiristas y se
opusieron a ellas con gran tenacidad. Entre los casos más significativos
destacan los mayas en Yucatán
(Guerra de Castas) y la resistencia yaqui en Sonora.
La censura
La prensa mexicana tenía una fuerte tradición de lucha política. El
gobierno de Díaz procuró mantenerla cerca y controlada. Existió represión para los dirigentes de
los principales diarios (El Diario del Hogar y El País). De manera
paralela a la represión, la administración de Díaz apoyo una reorientación del
periodismo: los viejos
diarios de análisis político como el Siglo XIX y El Monitor Republicano,
declinaron frente a la competencia de El Imparcial.
Los instrumentos de la represión
Para las acciones represivas, el régimen
contó con la policía urbana
y rural, así como con un ejército profesional. Al principio, las autoridades municipales y los jefes políticos
eran los responsables de guardar el orden en las demarcaciones. Se servían de
policías, gendarmes y celadores. Pero con el avance de la centralización
política, las fuerzas de seguridad dependientes de los estados y de la
federación fueron interviniendo cada vez más en las tareas de conservación del orden público a
nivel local. En el campo y poblaciones medias las autoridades contaban con el
apoyo de los rurales –la policía
montada rural-. Estos cuerpos fueron creados desde 1869 y reorganizados por
Días. Pero cuidar caminos
y perseguir bandoleros pasó a ser una tares secundaria frente a su nueva
función: la de guardianes del régimen.
Con la intención de suplir algunas
limitaciones de las fuerzas públicas, los grandes propietarios obtuvieron
autorización para crear sus propias partidas de vigilantes armados. Hacia
finales del régimen, el propio gobierno federal contrató agencia de detectives
privados y servicios de agencias en el exterior.
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