martes, 29 de abril de 2014

Porfiriato

Actividad: DIAGRAMA DE FLUJO
¿Cuáles fueron los principales períodos del Porfiriato y cuáles fueron sus características?

CONCLUSIONES:
La máquina política
       El régimen porfiriano contó con un complejo sistema de relaciones que le permitió ejercer un control político impresionante. Surgió una “cadena de mando” cuyos principales eslabones eran Díaz y su gabinete, los jefes de zona miliar, los gobernadores y los jefes políticos (MÁQUINA PORFIRIANA).
       El jefe político era la autoridad de un cantón o distrito –división administrativa al interior de los estados y por encima de los municipio- y era el representante de la autoridad federal en los territorios de B.C., Tepic y Quintana Roo. En principio, mediaban los conflictos locales y cumplía funciones de enlace entre los ayuntamientos y la autoridad superior. Pero a principios de 1890 el jefe político pasó a ser un funcionario dependiente del ejecutivo estatal prácticamente en todo el país. (Coahuila logró resistir un tiempo a esta figura).
       El jefe político y los otros eslabones de la cadena de mando porfiriana tenían funciones perfectamente reglamentadas. Sin embargo, la máquina porfiriana contaba también con sus “mecanismos ocultos”. Las relaciones de protección y dependencia, de parentesco y de amistad. El cacique fue incorporado al régimen. Su poder político fue combatido sólo en la medida en que representaba un freno a la autoridad nacional, y fue recompensado con una licencia para enriquecerse sin límites. La figura paternal y conciliadora del cacique fue emulada por Díaz.

Los hombres del régimen
       Pocos de los que llegaron al poder con el Plan de Tuxtepec acompañaron a Díaz hasta el final del régimen.  García de la Cadena, Naranjo y Jerónimo Treviño fueron neutralizados; intelectuales como Benítez y Perez de Tagle se retiraron; Ignacio Vallarta, Carlos Pacheco y Manuel González murieron. Al abrirse el nuevo siglo, los únicos viejos compañeros de armas de Díaz fueron Pedro Hinojosa, Francisco Zena, Francisco Cañedo, Martín González y Luis Erneterio Torres.
       En contraste, la trayectoria de los políticos llegados tiempo después del triunfo de Tuxtepec dejó una huella mayor. De los personajes que Díaz recuperó de la oposición liberal destacan Ignacio Mariscal, Manuel Gonzáles Cosío, Joaquín Baranda y Felipe Berriozábal, Bernardo Reyes, Manuel Romero Rubio (que a su fallecimiento en 1895, dejó encaminada a un grupo de jóvenes prometedores, los llamados “científicos”).

Romero Rubio y los “científicos”
        Manuel Romero Rubio fue un personaje fuerte como partidario de Lerdo y también después durante el gobierno de Díaz. Casó a su hija con el presidente Díaz y busco sucederlo en el poder. Como pocos, vio con claridad el potencial de una nueva generación de profesionistas que se asomaba a la vida política. En atención a esta nueva demanda y para ganar fuerzas al interior del aparato político, Romero Rubio, reunió en torno suyo a jóvenes destacados y les abrió camino.  Fueron los CIENTÍFICOS. Los personajes más importantes de este grupo fueron José Yves Limantour, Joaquín Casasus, Pablo y Miguel Macedo, Rosendo Pineda, Justo Sierra y Francisco Bulnes (todos compartieron una visión elitista de poder).
       Este grupo pugnó por un Estado central fuerte. Un aparato político recio y autoritario, capaz de encauzar el desarrollo económico de México. El cumplimiento de estas premisas permitiría alcanzar en el futuro una vida política plena, democrática; mientras tanto, el país debía ser gobernado por una elite docta. Desde luego, ellos creían formar parte de esa minoría. De acuerdo con una ideología en boga de la época –la positivista-, pensaban que la sociedad estaba regida por los dictados invariables de la naturaleza y que sólo el dominio de la ciencia permitiría conocer esas leyes y encaminar el desarrollo social.
       Los “científicos” se presentaron como grupo en la coyuntura de la tercera reelección de Días. En lo individual se habían incorporado a la vida política desde 1880. Pero no fue hasta 1892 cuando se dieron a la tarea de impulsar una organización de carácter permanente. Entonces formaron la Unión Liberal. Su propuesta fue la despersonalización del régimen y su programa incluyó la creación de la vicepresidencia y la inamovilidad de los jueces. Su incapacidad para concertar acuerdos con otras fuerzas y la oposición del propio Díaz los llevó al fracaso.

Bernardo Reyes: el militar “populista”
         Bernardo Reyes pertenecía a la misma generación que los “científicos”, sólo que se inició en la vida política mucho antes que ellos. Cuando Díaz se levantó con el Plan de Tuxtepec, Reyes ya era Coronel. Entonces tomó el partido de Iglesias, pero pronto se integró a las filas porfiristas. Además de jefe de zona militar del noroeste, Reyes fue gobernador de Nuevo León por casi 20 años. Logró una transformación de Monterrey. A la par promovió una legislación laboral y creó milicias municipales bajo la dirección de las clases medias.
        Reyes era un mandatario autoritario y progresista, pero su política de protección al trabajador era distintiva, la cual le daba un carácter populista. Tenía poco aprecio por la democracia y recurría con facilidad a la represión, pero creía que las fuerzas armadas debían ser algo más que una mano dura para poner orden. Podían convertirse en un espacio de participación cívica y política.
         Díaz llamó Reyes a su gabinete en 1900. Desde la Secretaría de Guerra éste intentó modernizar a las fuerzas armadas y demostrar la validez de su propuesta (creó la Segunda Reserva del Ejército). La magnitud de este movimiento asustó a los grupos políticos que rivalizaban con Reyes y al propio Díaz. La Segunda Reserva fue disuelta y Reyes enviado de vuelta a Nuevo León en 1902.

Un tercero incómodo: Baranda-Dehesa
        Las facciones políticas más poderosas del segundo Porfiriato fueron la “científica” y la reyista, pero no eran las únicas. Había intereses regionales que no se sentían representados por ninguna de las dos. Era el caso de grupos medios del litoral del golfo de México, que se identificaban mejor con Joaquín Baranda. Antiguo gobernador de Campeche, este ex lerditas tenía fuertes vínculos en la región.
       Dehesa pertenecía a la misma generación de los “científicos” y de Reyes. Se entendió mejor con Joaquín Baranda y su grupo, quienes representaban más bien a la vieja tradición de liberales
Un intento fallido de concertación
        Ninguna de las principales fuerzas políticas del régimen logró avanzar hacia nuevas formas de organización. Fracasaron tanto la Unión Liberal como la Segunda Reserva de Reyes; por su parte, el grup de Baranda no alcanzó siquiera a formular una propuesta organizativa. Cada grupo tenía una cuota de poder y existía un equilibrio. Sin embargo, el equilibrio comenzó a quebrarse con el nuevo siglo.
        Desde 1898, Díaz había comenzado a buscar un arreglo entre las dos fuerzas más pujantes. Su plan era que Limantour ocupara la presidencia apoyado por Reyes (se aceptó el acuerdo): Pero el idilio duró poco. Por un lado, Joaquín Baranda se opuso. Por otro lado, tampoco los reyistas aceptaban un según lugar. Díaz hecho su plan para atrás, alejó a Reyes y, poco a poco, fue permitiendo que los “científicos” acrecentaran sus oposiciones. El equilibrio se había roto.

Oposición política y resistencia popular
        La política porfirista estuvo dirigida por las elites y orientada a su propio beneficio. El proyecto de desarrollo de Díaz y sus hombres favorecía ante todo a los inversionistas. De igual manera, el régimen dejó a disposición de los empresarios una mano de obra barata y bien controlada. En un principio el progreso económico abrió también oportunidades de movilidad social. Con todo, para finales del régimen estos grupos resintieron una estructura política rígida que limitaba sus oportunidades. Para colmo, desde 1907 y 1908 su situación se agravó por una fuerte crisis económica.

Oposición liberal y católica
       Durante sus primeros años, el gobierno porfirista practicó con éxito una política de conciliación. Sin embargo, no todos los críticos del gobierno aceptaron los nuevos arreglos. Se mantuvieron en su contra algunos liberales defensores de los principios constitucionales y también los católicos intransigentes.
       Los primeros reprobaban a un régimen antidemocrático y permisivo con la Iglesia. Los inconformes se agruparon en torno al periódico “El Monitor Repúblicano”, el cual desapareció en 1896. En cualquier caso, el credo se mantuvo latente y resurgió con el Partido Liberal Mexicano (liderado por los Flores Magón).
       Los segundos, se negaban a aceptar un Estado secular. Se hicieron oír a través de publicaciones periódicas como “La voz de México”, “El tiempo” y “El País”.

El descontento popular
       Los sectores más desprotegidos de la sociedad dieron sus propias batallas y lo hicieron desde el primer hasta el último día del régimen. La resistencia popular se manifestó mediante huelgas, toma de alcaldías, resistencia al pago de impuestos, demostraciones callejeras de motines y levantamientos armados. Se dieron rebeliones en Coahuila, Guerrero, Chihuahua, Estado de México, Tamaulipas y Veracruz.
       Las comunidades indígenas de algunas zonas del país sintieron con particular crudeza las políticas porfiristas y se opusieron a ellas con gran tenacidad. Entre los casos más significativos destacan los mayas en Yucatán (Guerra de Castas) y la resistencia yaqui en Sonora.

La censura
       La prensa mexicana tenía una fuerte tradición de lucha política. El gobierno de Díaz procuró mantenerla cerca y controlada. Existió represión para los dirigentes de los principales diarios (El Diario del Hogar y El País). De manera paralela a la represión, la administración de Díaz apoyo una reorientación del periodismo: los viejos diarios de análisis político como el Siglo XIX y El Monitor Republicano, declinaron frente a la competencia de El Imparcial.

Los instrumentos de la represión
       Para las acciones represivas, el régimen contó con la policía urbana y rural, así como con un ejército profesional. Al principio, las autoridades municipales y los jefes políticos eran los responsables de guardar el orden en las demarcaciones. Se servían de policías, gendarmes y celadores. Pero con el avance de la centralización política, las fuerzas de seguridad dependientes de los estados y de la federación fueron interviniendo cada vez más en las tareas de conservación del orden público a nivel local. En el campo y poblaciones medias las autoridades contaban con el apoyo de los rurales –la policía montada rural-. Estos cuerpos fueron creados desde 1869 y reorganizados por Días. Pero cuidar caminos y perseguir bandoleros pasó a ser una tares secundaria frente a su nueva función: la de guardianes del régimen.


         Con la intención de suplir algunas limitaciones de las fuerzas públicas, los grandes propietarios obtuvieron autorización para crear sus propias partidas de vigilantes armados. Hacia finales del régimen, el propio gobierno federal contrató agencia de detectives privados y servicios de agencias en el exterior.

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